Kristina había pasado años manejando su consumo de sustancias por su cuenta. Se mantenía aislada, trabajaba cuando podía y permanecía en segundo plano. “Solo estaba tratando de salir adelante”, dice. “Tratando de no ser una carga para nadie”.
Pero detrás del silencio, su vida se había desmoronado. Vivía sin vivienda. Su salud se estaba deteriorando. Y sus hijos terminaron viviendo con familiares que podían brindarles la seguridad que ella ya no podía ofrecer.
“Cuando no los tenía conmigo, sentía que no tenía nada”, dice Kristina. “Algo se rompió dentro de mí”.
Durante mucho tiempo, a pesar de la dificultad, evitó recibir la atención que sabía que necesitaba. Las experiencias pasadas le habían enseñado que pedir ayuda a menudo significaba exponerse a juicios sobre su consumo de sustancias. El juicio le provocaba una profunda vergüenza, y esa vergüenza hacía más difícil recuperar su salud. Fue un círculo vicioso que la mantuvo estancada.
Un tipo de atención diferente
Cuando Kristina se encontró con el equipo de alcance comunitario de reducción de daños de Venice Family Clinic en Santa Mónica, su enfoque acogedor se sintió distinto.
“Creo que, si no hubiera conocido al equipo de alcance comunitario, nunca me habría convertido en paciente”, recuerda Kristina. “Honestamente, al principio ni siquiera me di cuenta de que eran de una clínica. Simplemente parecían personas que querían ayudar. Eso hizo que fuera más fácil confiar en ellos”.
El equipo ofrecía compasión y suministros para un uso seguro con el fin de prevenir la propagación de enfermedades transmisibles y generar confianza con las personas de nuestra comunidad que experimentan la falta de vivienda. Al salir al campo y encontrarse con los pacientes en sus propios términos, en su entorno, el equipo ayudó a construir un puente donde antes solo había una brecha.
“Nadie me impuso su agenda. Nadie me hizo sentir como una mala persona”, recuerda Kristina. “Sentí que me veían tal como soy”.
Ese encuentro fortuito sentó las bases para una relación de atención que ayudaría a Kristina a redefinir su vida.
Atención médica, por fin
Kristina ya sabía que Venice Family Clinic brindaba atención médica en el Annenberg Access Center de The People Concern, donde acudía para ducharse y obtener ropa limpia y artículos de higiene. Pero después de sus experiencias con el equipo de alcance comunitario, se sintió lo suficientemente segura como para programar una cita con nuestro personal clínico para hablar sobre su salud. El equipo la atendió sin juicios, ofreciéndole estabilidad, apoyo y recursos a los que Kristina nunca imaginó que tendría acceso.
“Nadie me dijo que tenía que ser perfecta”, recuerda Kristina. “Solo querían que estuviera a salvo. Y me ayudaron a cambiar mi vida para que pudiera estarlo”.
Una base para la sanación
Con una atención constante, la salud de Kristina comenzó a mejorar. A medida que se fortalecía, se sintió preparada para cambiar su relación con las sustancias que había usado durante tanto tiempo para adormecer su dolor. Estaba lista para convertir la sobriedad en una meta.
Años después de aquel encuentro fortuito en el campo, Kristina recibió las llaves de su propio apartamento. Fue la primera vez en años que sintió que su vida le pertenecía nuevamente. Comenzó a dormir mejor. A alimentarse de manera más saludable. A hacer planes y mirar hacia el futuro con ilusión.
Hoy, gracias a su arduo trabajo y al apoyo inquebrantable de su equipo de atención, Kristina está sobria y se ha reconectado con sus hijos.
“Cuando me drogaba, era como si me perdiera a mí misma”, recuerda. “Estar sobria es, honestamente, la mejor sensación del mundo. He recuperado a mis hijos. Y voy camino a convertirme en la mujer que quiero ser en el futuro. No creo que eso hubiera sucedido sin Venice Family Clinic; realmente no lo creo”.
